Tal vez fue el ambiente del salón donde te encontrabas antes o el desorden de los estudiantes donde te encuentras ahora pero finalmente el asunto llegó a un punto en donde algo se salió de control, por un momento perdistes la compostura y agredistes verbalmente a un estudiante.
Rápidamente reaccionas, te das cuenta de que has dado un paso en falso: tus ideales, tu conducta como docente, el ejemplo que debes dar... respiras hondo, intentas disimular tu angustia interna, surgen ideas que intentan excusarte... es que ellos..., es que yo..., te enfrentas a los hechos: es inevitable, no puedes volver el tiempo atrás.
Finalmente, una idea más cálida abriga tu espíritu: es momento de enseñar. Después de todo eres profesor. Aquí va una lección. "Les pido disculpa" dices y a la vez piensas: "En el futuro estos chicos recordarán que este profesor tuvo la decencia y fortaleza moral de pedir disculpas por una equivocación que él mismo cometió. Deseo que imiten ese ejemplo cuando más adelante sean ellos los que se equivoquen".
En el peor de los casos habrán olvidado lo ocurrido a los diez minutos. Pero siempre habrá alguno que lo recuerde.
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